Creado por Patricia Pradolin, docente de Práctica de la Interpretación, Introducción a la Traducción y Orientación Profesional

martes, 29 de septiembre de 2015

Los intérpretes no son infalibles

«Si lo haces bien nadie se dará cuenta de que estuviste. Pero si lo haces mal, ay si lo haces mal. Entonces darás la vuelta al mundo», dice sobre su profesión, medio en broma medio en serio, María Galán, miembro de la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes (Asetrad). Los hechos le dan la razón. Hace apenas una semana la intérprete de Barack Obama acaparaba titulares tras una metedura de pata: la de traducir, de boca del presidente norteamericano, que EE.UU. siempre tendrá «una relación más fuerte y unida» con España en vez de decir que quería relaciones con una «España fuerte y unida». Una alteración que cambiaba todo el mensaje político del encuentro mantenido con Felipe VI.
La traductora e intérprete jurada asegura que el objetivo del gremio es interpretar siempre con la máxima fidelidad, pero «no son infalibles» y, de vez en cuando, se cometen errores. La hemeroteca no olvida esta clase de malentendidos: en noviembre de 2013 todas las agencias de noticias tradujeron como «basura» el calificativo que le dedicó Dennis Abbot al entonces ministro de Educación, José Ignacio Wert, a raíz de un anuncio de las becas Erasmus. Abbot dijo «rubbish», pero con la acepción de «disparate» —«No sé como decirlo de forma más diplomática, esto es un disparate», hubiese dicho—. O recientemente con Hillary Clinton, que en el arranque de su campaña dijo que los americanos necesitaban un «champion»: en España se tradujo como campeón, pero, según apunta Galán, la acepción más indicada hubiera sido «defensor».
En opinión de Galán hay tres factores imprescindibles para un buen trabajo: un 45 por ciento depende del conocimiento de la lengua; otro 45 por ciento depende del trabajo previo —documentación, investigación sobre el tema, el interlocutor, etc.— y un 10 por ciento depende del autocontrol que tenga el profesional, el factor humano. Fue este último punto, según Galán, el que frente a las cámaras, los periodistas, el presidente de Estados Unidos y el Rey de España, le pudo jugar una mala pasada a la intérprete.
Se trataba de una interpretación llamada «consecutiva»: sin cascos ni cabina; solo papel y bolígrafo. El sujeto habla en intervalos de un minuto aproximadamente mientras el intérprete memoriza lo que va diciendo y apunta solo las palabras clave para después tomar él la palabra. Es la que se suele utilizar en los juzgados, por ejemplo. Sin embargo, no es el único tipo de interpretación que existe: está la«simultánea», la que se realiza desde una cabina, pisando las palabras del sujeto con apenas unos segundos de diferencia. Suelen ser dos intérpretes quienes, formando equipo, se turnan a intervalos de 30 minutos —«quien tiene un buen “concabino”, tiene un tesoro», bromea Galán—. También está la interpretación «de enlace», sin cabina ni cuaderno porque son frases muy cortas. Por último está la«susurrada». Esta se da sobre todo en comidas institucionales. El intérprete se sitúa dos pasos por detrás del comensal y va susurrando las interpretaciones.
En resumen, dice Galán, los intérpretes y traductores son «puentes entre culturas». A veces, en campos técnicos como la medicina o una ingeniería, más fáciles por tener menos matices. Pero siempre acaba llegando el dilema. «¿Cómo traduces “bagel”? No es una medianoche, no es un cruasán, no es un donut. Es... un bagel», cuenta Galán. En el otro extremo, la intérprete aún se acuerda de ver la serie «el Príncipe de Bel-Air» y que un personaje dijera que bailaban «como Chiquito de la Calzada». Porque frente a conceptos o bromas para los que no hay equivalente hay dos opciones: o ser fiel al original, a veces a costa de que el receptor no lo entienda, o intentar adaptarlo a su cultura. «Al final somos responsables de los buenos y malos neologismos».